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domingo, 22 de noviembre de 2015

Si es a la playa, no voy.


Diciembre, cuando se supone que el frío, y el gris, se empiezan a apoderar del cielo, los planes y los huesos. El brillo del sol con un tono burlesco, se refleja en las vitrinas, y en el cuero de las chaquetas que reposan olvidadas en el mall . Por una razón, que él sólo sabe, se resiste a tomar su acostumbrado trimestre sabático.Continua siendo cómplice de quienes: Corren sin camisa, toman la cerveza helada, o invitan a la playa.

A mi, no me inviten. Cada vez que voy, el mensaje llega. No en la botella; Ni a cargo de alguna paloma; Tampoco, en el letrero de la avioneta que pasa de lado a lado con publicidad; No se trata de un papel escrito, ni siquiera su remitente desea enviarlo, o tal vez, la telepatía aun funciona...La destinataria, siempre yo.

Así no lo vean, viene envuelto en la espuma del vaivén de las olas, se deja descubrir por mis manos, y ahí empieza la lectura: Entre líneas, irrumpe en el refrescante olvido, y revive esa mezcla de coco con agua dulce, que tanto me recuerda el sabor de su piel, aunque ahora no sea verano.

 No me inviten, aunque quiera ignorar, y me sumerja, la realidad es la misma. En la superficie, ó bajo la marea, sigo sin verle. No se distinguir, entre mis lagrimas, y el mar. Ahora, saben igual, y muy diferente a cuando estaba. Sus gotas eran más azules, cuando por sus labios rodaban. Los días pintaban fugaces, así hubiera solsticio, duraban tanto como una burbuja en el aire; Los arreboles, lo saben, fueron testigos de los besos que todavía flotan por ahí, y de la renuencia compartida por regresar a la orilla.

 No me inviten, cuando la arena me queme los pies, y me pregunte  ¿Dónde está? ¿ A dónde fue a parar? No se que decirle. Si por nuestra culpa, los caparazones de caracol, abundan, ya no hay quien los recoja, ahora solo son simples calizas; Reemplazan los castillos, en los que un día juramos vivir. Los mismos que inocentemente creimos, nunca se derrumbarían.

Sé que si voy, cuando las gaviotas pasen, me van a reclamar por su ausencia, y las figuras se desperdiciarían, una a una, sin poder vernos discutir su forma. Y yo ¿Cómo les explico? Si a mi también me falta, si yo creía en la magia de la playa, pero sin su sonrisa ya no tiene gracia. El día sobrevive sin final, y las palabras nunca pronunciadas-las que pudieron impedir su partida- se reproducen sin parar.

  Le doy la espalda al atardecer naranja y ¿qué?; Cierro las ventanas y ¿qué?; Bajo las persianas y, ¿qué?

No me inviten, estoy por sospechar que aquel perdido invierno, el que nadie busca,  y no se molestan en hallar, se ha quedado instalado aquí, conmigo.









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