Bien seguro de sí, puntual lo
súbito llegó. Cómplice coincidencia, se posó
justo en medio, fingiendo que nos ignoraba, hizo
lo suyo y voló; varios intentos lloraron su frustración: Una, dos, la tercera fue la responsable de sus ojos en los míos, buscando
su objetivo, entre
la desfachatez de la curiosidad, por fin sostuvimos la mirada. Retando al tiempo, antes que
muriera un segundo, y en silencio nos dijimos lo necesario. Desde ese día, supimos que era
posible que dos desconocidos compartieran la misma historia que a nadie han
confiado.
Pasan los días, y no
paramos de correr tras el valor de romper el hielo, mientras rogamos que el otro lo
alcance primero. En esas dosis diarias de
contemplaciones furtivas, nos aterra descifrarnos tan fácil, y al evitarnos, descubrimos con dolor que en esta
competencia, el miedo a perder, nos va ganando.
La espera sabe que el tiempo no
perdona, pero el valor paciente aguarda, me dice que su venganza predilecta contra el miedo,
es el arrepentimiento. No sé si sea el final, o el
comienzo de una historia, solo sé que no existen palabras que reemplacen lo que nos contamos al mirarnos.
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